La
de que, llegado el momento de enterrar a los hermanos Montcada:
“todos se pusieron a llorar, a lamentarse y a gritar.
Les dijimos que callasen y escuchasen lo que yo el rey quería
decirles, y les hablé de esta manera:
Barones, estos ricos hombres han muerto en servicio de Dios
y en el nuestro; y si los pudiésemos redimir que
de muerte volviesen a vida, y Dios nos lo concediera, tanta
tierra nuestra les daríamos que parecería
locura a los que oyesen decir lo que Nos daríamos…
Os mando, por el señorío que tengo sobre vosotros,
que nadie llore ni haga duelo, pues Nos seremos vuestro
señor, y aquel bien que ellos tenían el deber
de haceros, Nos os lo haremos. Y si alguno pierde caballo
o cosa alguna, Nos os lo repondremos y arreglaremos cumplidamente
vuestros negocios; y no habréis de echar de menos
a vuestros señores ni lo conoceréis de nada;
tanto cuidado tomaremos en las cosas vuestras. El llanto
que vosotros hiciereis sería para desánimo
de la hueste y a vosotros no os sería de ningún
provecho. Por lo tanto os mando, so pena de perder la naturaleza
que tenemos sobre vosotros, que nadie llore. Pero ¿sabéis
cuál ha de ser el llanto? Que Nos, con vosotros y
vosotros con Nos, hagamos pagar cara su muerte, y sirvamos
a Nuestro Señor en aquello por lo que hemos venido
aquí, para que su nombre sea santificado por siempre
jamás”. Y dichas estas palabras dejaron de
llorar y enterraron a Guillem y Ramón Montcada.
La
de que un sarraceno de la isla llamado Infantilla reunió
a todos los de la montaña que llegaban a cinco mil,
y había unos cien hombres a caballo; y marchó
sobre una loma fortificada y estaba ante Mallorca (Palma)
parando allí sus tiendas, de las que había
de treinta y cinco a cuarenta. Hizo salir a los sarracenos
con azadas y cortó el agua de la fuente que iba a
la ciudad haciéndola verterse en un torrente de modo
que perdimos aquella agua y no podíamos aprovecharla.
La
de que los sarracenos intentaron defender aquel monte, cuando
los nuestros fueron a combatirlos; los nuestros corrieron
a ellos y los vencieron arriba, capturaron a Infantilla
que era su jefe y lo mataron.
La
de que un sarraceno de la isla, habitante de las poblaciones
de fuera de la ciudad amurallada, llamado Ben Aabet, con
un mensajero mandó a decir que iría hacia
el rey Jaime I y que conseguiría que la gente de
una parte de la isla, de doce partes que había, llevarían
a la hueste víveres y lo que pudiesen conseguir.
Dijo que creía que si se les trataba bien harían
que se pasasen al lado de rey Jaime I los demás sarracenos.
La
de que la reunión fue a una legua de la hueste. Allí
acudieron los sarracenos con un presente y llevaron veinte
bestias cargadas con cebada, cabritos, gallinas y uva; “y
ésta era tan fresca que la traían en sacos
y no se desgranaba ni se estropeaba”. Y así
se fueron uniendo al rey Jaime I otras partidas de moros,
portando numerosos presentes como éste.
La
de que Mallorca estaba dividida en partidas en un número
de quince: Andrátx, Santa Ponsa, Bunyola, Sóller,
Aumelluig y Pollensa, Montuiri, Canarossa, Inca, Petra,
Muro, Felanitx, Manacor y Artá y Palma. En el término
de la ciudad había quince mercados.
La
de que los soldados del rey Jaime I fueron haciendo galerías
por tres lados, una hacia arriba y otras hacia abajo hasta
que pasasen el foso. Los zapadores, armados con picos fueron
hasta las torres y comenzaron a cavar a pesar de los sarracenos,
que no lo podían impedir. Primero socavaron los fundamentos
de una torre y cuando quedó desbasada le pegaron
fuego por debajo hasta que se resquebrajó. Y cuando
los sarracenos vieron que la cosa iba mal bajaron de la
torre; y después, del mismo modo, derribaron tres
torres a la vez.
La
de que un tal Guil de Alagón, que se llamaba Mahomet,
y que había sido cristiano y caballero y luego se
hizo sarraceno, se había puesto en comunicación
con Pero Cornell y le había dicho: “que haría
de manera que el rey de Mallorca y todos los sarracenos,
y los viejos de la ciudad y de la tierra nos pagasen todos
los gastos que Nos y los ricos hombres habíamos y
que esto nos lo garantizaban de manera que lo tuviésemos
por seguro”.
La
de que el rey Jaime I respondió: “Aunque nos
diesen toda la plata que cabría desde aquella montaña
hasta la hueste, no lo aceptaríamos; y tampoco podemos
hacer ningún trato sobre Mallorca si no tomamos antes
la ciudad y el reino; pues nunca volveremos a Cataluña
si antes no pasábamos por Mallorca (Palma)”.
La
de que un día el rey de Mallorca, salió por
la puerta de Porto Pi e hizo montar una tienda y sitiales
para sentarse él y don Nuño, que había
sido enviado para hablar con el rey moro. Toda hueste cesó
de combatir mientras duraron aquellas vistas. La escolta
de don Nuño quedó fuera de la tienda con algunos
sarracenos. Don Nuño pidió al rey de Mallorca
dijese por qué le había mandado llamar.
La
de que el rey de Mallorca dijo a don Nuño: “Me
parece que nunca he hecho agravio a vuestro rey; por lo
cual me extraña que esté tan furioso contra
mí y me quiera quitar el reino que Dios me ha dado.
Yo le rogaría, y a vosotros que se lo aconsejaseis,
que renunciase a quitarme mi tierra; y si hubiese hecho
algún gasto, yo y mi gente de guerra os lo satisfaríamos.
Que todos los que habéis venido con él os
embarcaseis en bien y en paz, que todo se os haría
con placer y amor, y que el rey regresase; y tan gran caudal
os lo pagaríamos dentro de cinco días”.
La
de que la respuesta fue de no aceptación por lo que
el rey de Mallorca dijo:”Ya que no queréis
seguir las palabras que os hemos dicho, ofrezco esto: daré
cinco bezantes por cada hombre, mujer y niño, y le
dejaremos la ciudad mientras él nos dé parte
de las naves y barcos que tiene, para irnos a Berbería;
y los que quieran quedar que se queden”.
La
de que el Consejo cristiano decidió no aceptar tampoco.
Ante ello, el rey de Mallorca se dirigió a su consejo
general reunido: “Barones, bien sabéis vosotros
que esta tierra ha sido de Miramamolín (nombre con
el que fue conocido Muhamar al Nasir, hijo de Jacub. Miramamolin
fue el caudillo almohade que perdió la Batalla de
las Navas de Tolosa en 1212) durante más de cien
años, y quiso que yo fuese vuestro señor;
la tuvo a pesar de los cristianos que nunca habían
osado hasta ahora acometer a esta tierra. Aquí tenemos
a nuestras mujeres, hijos y parientes, y los enemigos nos
dicen ahora que dejemos la tierra de modo que seamos sus
cautivos; y aún nos dicen una cosa peor, aparte del
cautiverio: que se quedarán con nuestras mujeres
y con lo que de ellas sacaren; y una vez estemos en su poder
las forzarán y harán de ellas lo que les plazca.
Yo, que he venido aquí a vosotros, preferiría
perder la cabeza que soportar contra nuestra ley una cosa
tan cruel, y quiero saber qué opináis vosotros
y que me deis vuestro parecer”.
La
de que el pueblo sarraceno gritó a una sola voz y
dijeron que preferirían morir que sufrir una vergüenza
tamaña como ésta. A lo que su rey de Mallorca
les dijo: ”Pues os veo en tan buena disposición,
preparémonos a defendernos bien de tal manera que
un hombre valga por dos”. Después de esto se
separaron, volvieron a las murallas y cada sarraceno valía
más que lo que valían dos antes.
La
de que las huestes cristianas acordaron que cuando fuese
invadida la ciudad, ningún rico hombre, caballero
ni peón se volviese atrás una vez se hubiese
puesto a caminar para entrar en la ciudad. El que lo hiciere
de otro modo fuese tenido por traidor como aquellos que
matan a su señor.
La
de que el tiempo mediado entre Navidad y Año Nuevo
de 1229, hacia tanto frío que las guardias, cuando
salían y caminaban una o dos leguas, regresaban a
las tiendas y barracas de frío que tenían
y enviaban escoltas para vigilar si alguien venía
al campamento. Conocido esto por el rey Jaime I, les reprendió
y ordenó poner guardias de refresco, escogidas de
entre los ricos hombres y su mesnada.
La
de que el rey Jaime I y su hueste estuvieron en vela tres
días y tres noches, pues cuando estaban a punto de
dormirse les llegaban mensajeros solicitando su consejo.
La
de que llegada la noche anterior a la vigilia de Año
Nuevo, se decidió que, al romper el alba, después
de oír tres misas, recibiesen todos el Cuerpo de
Jesucristo y se dispusieran para combatir. Aquella noche,
a última hora, Lope Jiménez de Lucia se acercó
al lecho del rey Jaime I y le llamó para decirle:
“Señor, yo vengo de las galerías y he
mandado a dos escuderos míos que entrasen en la ciudad;
han entrado y han visto mucha gente que yacía muerta
en las plazas, y desde la quinta hasta la sexta torre no
había ningún sarraceno vigilando”.
La
de que al día siguiente, oídas las misas y
comulgados salieron todos ante la ciudad y el rey Jaime
I ordenó: “¡Adelante, barones, en nombre
de Dios! ¿Es que os dan miedo?, lo dijimos tres veces.
Con esto los nuestros se pusieron a caminar paso a paso.
Entonces los caballeros y servidores se fueron acercando
paso a paso al foso donde está la entrada, y toda
la hueste comenzó a gritar: ¡Santa María!
¡Santa María!”.
La
de que cuando quedó abierto el paso por donde habían
de entrar las huestes del rey Jaime I con los caballeros
armados había ya allí hasta quinientos hombre
de a pie. El rey de Mallorca con toda la gente de los sarracenos
de la ciudad acudieron y acometieron de tal manera a los
de a pie, que de no haber entrado los caballeros armados
todos habrían sido muertos.
Lo
de que el rey de Mallorca, Jeque Abohehie, acudió
cabalgando sobre un caballo blanco y gritó a los
suyos: “¡Roddo!”, que quiere decir ¡Deteneos!
Los caballeros y hombres de a pie con escudos se hallaban
tan cerca de los sarracenos que casi se tocaban unos a otros
con las espadas, de tal manera que nadie osaba sacar el
brazo de miedo que, del otro lado, alguna espada le hiriese
en la mano. El rey Jaime I gritó ¡Vergüenza,
caballeros! Los del rey cristiano acometieron y los sarracenos
huyeron.
La
de que cuando los sarracenos vieron que la ciudad estaba
invadida, salieron de ella, entre hombres y mujeres, unos
treinta mil, por dos puertas: la del Barbelet y la de Porto
Pi, yéndose a la montaña. Era tanto el botín
y la ganancia que los caballeros y hombres de a pie cristianos
encontraban en la ciudad que no se cuidaban de los que se
iban.
La
de que dos hombres de Tortosa pidieron hablar con el rey
Jaime I de un negocio que sería de gran provecho.
El rey Jaime I se retira aparte y los escucha: “Si
nos recompensáis os entregaremos al rey de Mallorca”.
Pidieron por ello dos mil libras. El rey les ofreció
mil libras. Ellos aceptaron.
La
de que el rey Jaime I fue llevado a la casa donde estaba
el rey de Mallorca. Cuando estuvieron cerca de él
se levantó; iba vestido con una capa blanca pero
llevaba una cota de malla bajo la capa y debajo un jubón
blanco. El rey Jaime I pidió le dijeran al rey moro:
“puesto que estás en nuestro poder no tengas
ya miedo de morir”.
La
de que vuelto el rey Jaime I a la puerta del castillo de
la Almudaina pidió le diesen rehenes. Por rehén
le sacaron al hijo del rey de Mallorca, que podía
tener hasta trece años, diciendo que ésta
es la prenda que le daban. Dos frailes dominicos fueron
los encargados de guardar y vigilar la Almudaina y el tesoro
que contenía.
La
de que a la mañana siguiente quiso nuestro Señor,
que todos los de la hueste encontraron tantas cosas para
tomar que los unos no reñían con los otros,
ya que cada cual se figuraba ser más rico que el
vecino.
La
de que un vasallo dijo haber encontrado una buena casa y
había preparado para comer una buena vaca invitando
a comer al rey Jaime I y que éste aceptó.
La
de que a la mañana siguiente, es decir el 1 de enero
del 1230, ningún hombre de la casa del rey volvió
con Jaime I, ni tampoco después por espacio de ocho
días, pues cada cual tenía lo que había
tomado, y le gustaba tanto que nadie quería volver
con el rey Jaime.