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 DESEMBRE
Por Antibasse 

La de que al amanecer del día siguiente a la muerte de los hermanos Montcada, el rey Jaime I, una vez cambiados de lugar, dijo que se afianzara el campamento: “... pusimos a los aragoneses en un lado y a los catalanes en otro, y la acequia estaba en medio. Hicimos el campamento tan estrecho que no parecía que acampasen allí más de cien caballeros; las cuerdas estaban entrelazadas de una en otra; por espacio de ocho días no se podía andar por entre las huestes”.

La de que, llegado el momento de enterrar a los hermanos Montcada: “todos se pusieron a llorar, a lamentarse y a gritar. Les dijimos que callasen y escuchasen lo que yo el rey quería decirles, y les hablé de esta manera:
Barones, estos ricos hombres han muerto en servicio de Dios y en el nuestro; y si los pudiésemos redimir que de muerte volviesen a vida, y Dios nos lo concediera, tanta tierra nuestra les daríamos que parecería locura a los que oyesen decir lo que Nos daríamos… Os mando, por el señorío que tengo sobre vosotros, que nadie llore ni haga duelo, pues Nos seremos vuestro señor, y aquel bien que ellos tenían el deber de haceros, Nos os lo haremos. Y si alguno pierde caballo o cosa alguna, Nos os lo repondremos y arreglaremos cumplidamente vuestros negocios; y no habréis de echar de menos a vuestros señores ni lo conoceréis de nada; tanto cuidado tomaremos en las cosas vuestras. El llanto que vosotros hiciereis sería para desánimo de la hueste y a vosotros no os sería de ningún provecho. Por lo tanto os mando, so pena de perder la naturaleza que tenemos sobre vosotros, que nadie llore. Pero ¿sabéis cuál ha de ser el llanto? Que Nos, con vosotros y vosotros con Nos, hagamos pagar cara su muerte, y sirvamos a Nuestro Señor en aquello por lo que hemos venido aquí, para que su nombre sea santificado por siempre jamás”. Y dichas estas palabras dejaron de llorar y enterraron a Guillem y Ramón Montcada.

La de que un sarraceno de la isla llamado Infantilla reunió a todos los de la montaña que llegaban a cinco mil, y había unos cien hombres a caballo; y marchó sobre una loma fortificada y estaba ante Mallorca (Palma) parando allí sus tiendas, de las que había de treinta y cinco a cuarenta. Hizo salir a los sarracenos con azadas y cortó el agua de la fuente que iba a la ciudad haciéndola verterse en un torrente de modo que perdimos aquella agua y no podíamos aprovecharla.

La de que los sarracenos intentaron defender aquel monte, cuando los nuestros fueron a combatirlos; los nuestros corrieron a ellos y los vencieron arriba, capturaron a Infantilla que era su jefe y lo mataron.

La de que un sarraceno de la isla, habitante de las poblaciones de fuera de la ciudad amurallada, llamado Ben Aabet, con un mensajero mandó a decir que iría hacia el rey Jaime I y que conseguiría que la gente de una parte de la isla, de doce partes que había, llevarían a la hueste víveres y lo que pudiesen conseguir. Dijo que creía que si se les trataba bien harían que se pasasen al lado de rey Jaime I los demás sarracenos.

La de que la reunión fue a una legua de la hueste. Allí acudieron los sarracenos con un presente y llevaron veinte bestias cargadas con cebada, cabritos, gallinas y uva; “y ésta era tan fresca que la traían en sacos y no se desgranaba ni se estropeaba”. Y así se fueron uniendo al rey Jaime I otras partidas de moros, portando numerosos presentes como éste.

La de que Mallorca estaba dividida en partidas en un número de quince: Andrátx, Santa Ponsa, Bunyola, Sóller, Aumelluig y Pollensa, Montuiri, Canarossa, Inca, Petra, Muro, Felanitx, Manacor y Artá y Palma. En el término de la ciudad había quince mercados.

La de que los soldados del rey Jaime I fueron haciendo galerías por tres lados, una hacia arriba y otras hacia abajo hasta que pasasen el foso. Los zapadores, armados con picos fueron hasta las torres y comenzaron a cavar a pesar de los sarracenos, que no lo podían impedir. Primero socavaron los fundamentos de una torre y cuando quedó desbasada le pegaron fuego por debajo hasta que se resquebrajó. Y cuando los sarracenos vieron que la cosa iba mal bajaron de la torre; y después, del mismo modo, derribaron tres torres a la vez.

La de que un tal Guil de Alagón, que se llamaba Mahomet, y que había sido cristiano y caballero y luego se hizo sarraceno, se había puesto en comunicación con Pero Cornell y le había dicho: “que haría de manera que el rey de Mallorca y todos los sarracenos, y los viejos de la ciudad y de la tierra nos pagasen todos los gastos que Nos y los ricos hombres habíamos y que esto nos lo garantizaban de manera que lo tuviésemos por seguro”.

La de que el rey Jaime I respondió: “Aunque nos diesen toda la plata que cabría desde aquella montaña hasta la hueste, no lo aceptaríamos; y tampoco podemos hacer ningún trato sobre Mallorca si no tomamos antes la ciudad y el reino; pues nunca volveremos a Cataluña si antes no pasábamos por Mallorca (Palma)”.

La de que un día el rey de Mallorca, salió por la puerta de Porto Pi e hizo montar una tienda y sitiales para sentarse él y don Nuño, que había sido enviado para hablar con el rey moro. Toda hueste cesó de combatir mientras duraron aquellas vistas. La escolta de don Nuño quedó fuera de la tienda con algunos sarracenos. Don Nuño pidió al rey de Mallorca dijese por qué le había mandado llamar.

La de que el rey de Mallorca dijo a don Nuño: “Me parece que nunca he hecho agravio a vuestro rey; por lo cual me extraña que esté tan furioso contra mí y me quiera quitar el reino que Dios me ha dado. Yo le rogaría, y a vosotros que se lo aconsejaseis, que renunciase a quitarme mi tierra; y si hubiese hecho algún gasto, yo y mi gente de guerra os lo satisfaríamos. Que todos los que habéis venido con él os embarcaseis en bien y en paz, que todo se os haría con placer y amor, y que el rey regresase; y tan gran caudal os lo pagaríamos dentro de cinco días”.

La de que la respuesta fue de no aceptación por lo que el rey de Mallorca dijo:”Ya que no queréis seguir las palabras que os hemos dicho, ofrezco esto: daré cinco bezantes por cada hombre, mujer y niño, y le dejaremos la ciudad mientras él nos dé parte de las naves y barcos que tiene, para irnos a Berbería; y los que quieran quedar que se queden”.

La de que el Consejo cristiano decidió no aceptar tampoco. Ante ello, el rey de Mallorca se dirigió a su consejo general reunido: “Barones, bien sabéis vosotros que esta tierra ha sido de Miramamolín (nombre con el que fue conocido Muhamar al Nasir, hijo de Jacub. Miramamolin fue el caudillo almohade que perdió la Batalla de las Navas de Tolosa en 1212) durante más de cien años, y quiso que yo fuese vuestro señor; la tuvo a pesar de los cristianos que nunca habían osado hasta ahora acometer a esta tierra. Aquí tenemos a nuestras mujeres, hijos y parientes, y los enemigos nos dicen ahora que dejemos la tierra de modo que seamos sus cautivos; y aún nos dicen una cosa peor, aparte del cautiverio: que se quedarán con nuestras mujeres y con lo que de ellas sacaren; y una vez estemos en su poder las forzarán y harán de ellas lo que les plazca. Yo, que he venido aquí a vosotros, preferiría perder la cabeza que soportar contra nuestra ley una cosa tan cruel, y quiero saber qué opináis vosotros y que me deis vuestro parecer”.

La de que el pueblo sarraceno gritó a una sola voz y dijeron que preferirían morir que sufrir una vergüenza tamaña como ésta. A lo que su rey de Mallorca les dijo: ”Pues os veo en tan buena disposición, preparémonos a defendernos bien de tal manera que un hombre valga por dos”. Después de esto se separaron, volvieron a las murallas y cada sarraceno valía más que lo que valían dos antes.

La de que las huestes cristianas acordaron que cuando fuese invadida la ciudad, ningún rico hombre, caballero ni peón se volviese atrás una vez se hubiese puesto a caminar para entrar en la ciudad. El que lo hiciere de otro modo fuese tenido por traidor como aquellos que matan a su señor.

La de que el tiempo mediado entre Navidad y Año Nuevo de 1229, hacia tanto frío que las guardias, cuando salían y caminaban una o dos leguas, regresaban a las tiendas y barracas de frío que tenían y enviaban escoltas para vigilar si alguien venía al campamento. Conocido esto por el rey Jaime I, les reprendió y ordenó poner guardias de refresco, escogidas de entre los ricos hombres y su mesnada.

La de que el rey Jaime I y su hueste estuvieron en vela tres días y tres noches, pues cuando estaban a punto de dormirse les llegaban mensajeros solicitando su consejo.

La de que llegada la noche anterior a la vigilia de Año Nuevo, se decidió que, al romper el alba, después de oír tres misas, recibiesen todos el Cuerpo de Jesucristo y se dispusieran para combatir. Aquella noche, a última hora, Lope Jiménez de Lucia se acercó al lecho del rey Jaime I y le llamó para decirle:
“Señor, yo vengo de las galerías y he mandado a dos escuderos míos que entrasen en la ciudad; han entrado y han visto mucha gente que yacía muerta en las plazas, y desde la quinta hasta la sexta torre no había ningún sarraceno vigilando”.

La de que al día siguiente, oídas las misas y comulgados salieron todos ante la ciudad y el rey Jaime I ordenó: “¡Adelante, barones, en nombre de Dios! ¿Es que os dan miedo?, lo dijimos tres veces. Con esto los nuestros se pusieron a caminar paso a paso. Entonces los caballeros y servidores se fueron acercando paso a paso al foso donde está la entrada, y toda la hueste comenzó a gritar: ¡Santa María! ¡Santa María!”.

La de que cuando quedó abierto el paso por donde habían de entrar las huestes del rey Jaime I con los caballeros armados había ya allí hasta quinientos hombre de a pie. El rey de Mallorca con toda la gente de los sarracenos de la ciudad acudieron y acometieron de tal manera a los de a pie, que de no haber entrado los caballeros armados todos habrían sido muertos.

Lo de que el rey de Mallorca, Jeque Abohehie, acudió cabalgando sobre un caballo blanco y gritó a los suyos: “¡Roddo!”, que quiere decir ¡Deteneos! Los caballeros y hombres de a pie con escudos se hallaban tan cerca de los sarracenos que casi se tocaban unos a otros con las espadas, de tal manera que nadie osaba sacar el brazo de miedo que, del otro lado, alguna espada le hiriese en la mano. El rey Jaime I gritó ¡Vergüenza, caballeros! Los del rey cristiano acometieron y los sarracenos huyeron.

La de que cuando los sarracenos vieron que la ciudad estaba invadida, salieron de ella, entre hombres y mujeres, unos treinta mil, por dos puertas: la del Barbelet y la de Porto Pi, yéndose a la montaña. Era tanto el botín y la ganancia que los caballeros y hombres de a pie cristianos encontraban en la ciudad que no se cuidaban de los que se iban.

La de que dos hombres de Tortosa pidieron hablar con el rey Jaime I de un negocio que sería de gran provecho. El rey Jaime I se retira aparte y los escucha: “Si nos recompensáis os entregaremos al rey de Mallorca”. Pidieron por ello dos mil libras. El rey les ofreció mil libras. Ellos aceptaron.

La de que el rey Jaime I fue llevado a la casa donde estaba el rey de Mallorca. Cuando estuvieron cerca de él se levantó; iba vestido con una capa blanca pero llevaba una cota de malla bajo la capa y debajo un jubón blanco. El rey Jaime I pidió le dijeran al rey moro: “puesto que estás en nuestro poder no tengas ya miedo de morir”.

La de que vuelto el rey Jaime I a la puerta del castillo de la Almudaina pidió le diesen rehenes. Por rehén le sacaron al hijo del rey de Mallorca, que podía tener hasta trece años, diciendo que ésta es la prenda que le daban. Dos frailes dominicos fueron los encargados de guardar y vigilar la Almudaina y el tesoro que contenía.

La de que a la mañana siguiente quiso nuestro Señor, que todos los de la hueste encontraron tantas cosas para tomar que los unos no reñían con los otros, ya que cada cual se figuraba ser más rico que el vecino.

La de que un vasallo dijo haber encontrado una buena casa y había preparado para comer una buena vaca invitando a comer al rey Jaime I y que éste aceptó.

La de que a la mañana siguiente, es decir el 1 de enero del 1230, ningún hombre de la casa del rey volvió con Jaime I, ni tampoco después por espacio de ocho días, pues cada cual tenía lo que había tomado, y le gustaba tanto que nadie quería volver con el rey Jaime.


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