"Nada
hay igual a la capilla de Barceló"
02.05.08
Dore Ashton, la prestigiosa crítica estadounidense,
recorre la trayectoria del artista mallorquín en el
libro ´Miquel Barceló. A mitad del camino de
la vida´
"En
la Historia del Arte hay muchos precedentes del uso de la
policromía como complemento de la arquitectura",
escribe Dore Ashton. "Piensen en la Puerta de Ishtar
en Berlín, o en la propia Sagrada Familia de Gaudí,
con esas torres, o en su Parc Güell, o en la iglesia
de Assy de Le Corbusier, o en los apliques decorativos de
los rascacielos de mi propia ciudad, Nueva York. Pero nunca
ha existido nada igual a la capilla de Barceló -afirma-,
que se despliega como una pintura circundante, sin anular
el soporte arquitectónico, sino reforzándolo.
Entrar en su capilla es como estar sumergido en una piscina
benévola que refleja cascadas de imágenes
sobre sus paredes. Barceló actúa en varios
niveles que el espectador paciente va descubriendo poco
a poco. En esto es fiel a sus fuentes barrocas. Pienso por
ejemplo, en la Presentación de la Virgen en el Templo
de Tiziano".
La gran biógrafa y divulgadora de la Escuela de Nueva
York, histórica crítica de arte del New York
Times, antigua editora asociada de Art Digest, profesora
de Historia del Arte de la Cooper Union for Advancement
of Cience and Art de Nueva York y lectora de la Columbia
University, realiza estas afirmaciones en el ensayo Miquel
Barceló. A mitad del camino de la vida, que acaba
de publicar Galaxia Gutemberg-Círculo de Lectores.
Una obra en la que la especialista analiza la producción
del artista de Felanitx, desde la Documenta de Kassel de
1982 hasta la inauguración de la capilla del Santíssim
de la Seu, un texto en el que traza la evolución
personal del artista desde su adolescencia hasta la madurez
de los cincuenta años. Y argumenta todas las influencias
de su producción.
La obra de Barceló en la Seu centra el discurso interpretativo
de Ashton durante un capítulo y de forma más
breve salpica otros dos. La crítica de arte no regala
elogios, no lo ha hecho nunca, pero afirma que el pintor
al que ha acompañado durante los últimos años
ya tiene un lugar en la Historia del Arte por su obra en
el templo palmesano.
"Mallorca tenía una tradición cerámica
mucho antes de que Barceló entrara rugiendo, como
el minotauro de Fontana, en la capilla de la Catedral",
apunta. "Era previsible que ideara un gran proyecto
utilizando tierra horneada. Cuando inició su tarea
prometeica, como Palissy, ya había aprendido de sus
mil errores, y estaba preparado para soportar una tensión
enorme, para las intromisiones del azar y los inmensos esfuerzos
que implicaba. Es más -añade Ashton-, su temperamento
era acorde a la tarea. Era consciente de que, al representar
con arcilla sus propias transformaciones, entraría
en la Historia, igual que lo habían hecho los grandes
pintores de frescos en Italia antes que él",
asegura la estadounidense.
Y continúa con la interpretación de la intervención.
"Cualquiera que entre en la capilla de Barceló
puede sentirse envuelto y sobrecogido por la composición,
donde las propiedades físicas del mural no dejan
ningún espacio libre. Cada forma levantada tiene
un valor reflexivo", -explica Ashton-, y aunque Barceló
insiste en que improvisó, hay unas referencias cruzadas
-tanto cromáticas como temáticas-, que garantizan
una experiencia total, e incluso, a pesar de su vitalidad
y sus libertades a veces estridentes, cierta reverencia".
Ashton desvela que Barceló "impresionó"
al obispo Úbeda con su "profundo" conocimiento
de la iconografía religiosa, como Gaudí supo
convencer en su día al obispo Campins. Y añade:
"En mi propia experiencia hace mucho que descubrí
su amplio conocimiento de la historia del arte". Por
eso no se sorprende que se sintiera atraído por el
desarrollo de la recreación del milagro de los panes
y los peces.
La especialista analiza también algunos aspectos
de la difícil empresa que supuso la intervención
más allá del trabajo en el taller. "Barceló
demostró que a pesar de su impetuosa impaciencia,
visible en muchas de sus obras, fue capaz de aguantar la
prolongada lucha con los notables de la Iglesia y de la
ciudad", afirma. "Las interminables objeciones
burocráticas derrotaron a Miró, pero no a
Barceló que, de alguna manera, logró salir
victorioso. Claro que su proyecto tenía varios problemas
irritantes e, incluso después de que su enorme obra
de terracota estuviera instalada, tuvo que oír el
descontento, amortiguado, de las autoridades canónicas",
recuerda.
"No es sorprendente que lo que más les escandalizara
fuera la representación de Cristo que, sin lugar
a dudas, tenía los rasgos del propio artista",
explica. "El Cristo espectral de Barceló se
yergue en la parte central de su tríptico, una presencia
fantasmal, blanca, que si bien lleva los estigmas de la
crucifixión, no lleva una cruz verdadera, sino sólo
la cruz analógica que cargan los espíritus
sensibles en la barahúnda del mundo secular",
explica. Y concluye: "En mi opinión, es una
imagen conmovedora y , puesto que según ha dicho
Barceló, imaginó todo el drama de la capilla
como una metáfora del artista en su taller, es perfectamente
lógica", considera.
E incluso se atreve a ir un poco más allá:
"Las objeciones del Cabildo no tienen ningún
sentido. A un artista como Barceló, que ha tratado
durante años la idea de la metamorfosis, las nociones
de trascendencia y transformación no podían
serle extrañas". Al margen de declaraciones
a la prensa provocadoras, Ashton considera que en el interior
de la capilla se siente inmediatamente "su respeto
por la experiencia de trascender". Y en el conjunto
"los colores de Barceló se convirtieron en acentos
delicados dentro de un esquema basado en la luz de la tierra
cocida", afirma. "La decisición de hacer
los vitrales de un gris aumado fue excelente, sirven para
realzar la tonalidad general, rosácea y ocre del
tríptico, lo que demuestra el largo cotejo de Barceló
con los grandes pintores del pasado, sobre todo Cézanne",
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