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"La
izquierda ha traicionado sus propios ideales"
05.06.08
De lo que trata Pascal Bruckner en La tiranía
de la penitencia. Ensayo sobre el masoquismo occidental (Ariel)
es de la mala conciencia de Europa. Una mala conciencia, que
procede de una historia tan larga y tan sangrienta, que la
tiene atenazada. Europa no se pronuncia, no interviene, no
actúa. Procura ser comprensiva, tolerante y no cuestionar
ni preguntarse demasiado por cuanto ocurre en todos esos lugares
(América, África, Asia) en los que hace sólo
unos siglos (a veces, unas cuantas décadas) aún
gobernaba, y que había conquistado previamente casi
siempre con extrema crueldad. Bruckner es especialmente duro
con la izquierda: "Al abrazar con tanto fervor el sentimiento
de culpa, ha traicionado sus propios ideales", comenta
el filósofo francés durante su breve estancia
en Madrid.
¿Cómo surgió ese afán de arremeter
contra la irrelevancia actual del viejo continente? "Del
momento que estamos viviendo. De los atentados de Madrid y
Londres. Del propio espíritu de los tiempos que ha
llevado a Europa a no saber pronunciarse con voz propia ante
la emergencia del fundamentalismo islámico", dice.
Las casi 200 páginas de su libro tienen un afán
revulsivo desde el principio. Habla de "autoacusación"
y "fustigación pública", trata a los
europeos de "funcionarios del pecado original",
escribe con rotundidad: "Del mismo modo que hay predicadores
del odio en el islamismo radical, también hay predicadores
de la vergüenza en nuestras democracias, sobre todo entre
las élites pensantes, y su proselitismo no es menor".
"Ya sabe lo que decía Sartre", comenta Pascal
Bruckner, "que la vergüenza es un sentimiento revolucionario.
Y ahí seguimos. Con la mala conciencia de que Europa
haya engendrado verdaderos monstruos e incapaces de reconocer
que también creamos los instrumentos para combatirlos,
que los valores de igualdad, libertad y justicia social forman
parte de nuestro vocabulario. Tanto afán en defender
la diversidad cultural, que se ha renunciado a la dimensión
universal de esos valores. Y de eso se trataba".
Bruckner considera que el terrorismo islámico se sostiene
en la hostilidad de los fanáticos hacia una sociedad
abierta como la occidental, y echa chispas cuando, escribe
en su libro, "la ultraizquierda corteja con semejante
constancia a esta teocracia totalitaria". Bruckner señala
como un gesto particularmente relevante de esa mala conciencia
de Occidente algunas de las reacciones a un atentado tan brutal
como el de las Torres Gemelas. "La primera reacción
es proclamarse culpable: algo tenemos que haber hecho. Luego
ya vienen las explicaciones. Que si la miseria de aquellos
países, que si los conflictos que se generaron allí,
que si la humillación, que si el petróleo. ¿Y
si la pelota estuviera en su lado y fueran ellos los que no
soportan nuestro modo de vida?". Se trata, pues, de una
cuestión de maneras de ver la vida. "El auténtico
combate no es militar", subraya Bruckner, "es ideológico.
No se trata de mandar soldados a morir, es una guerra de ideas".
"La extrema izquierda", explica después,
con los ademanes distantes del filósofo que aplica
el bisturí a una sociedad enferma, "se ha convertido
en el superyo de la izquierda e impide que se modernice, que
defina su mensaje a propósito de dos grandes cuestiones:
la economía de mercado y la justicia social".
Explica, en ese sentido, la emergencia de los populismos nacionalistas
como un síntoma del debilitamiento del poder tradicional.
"La masa ha perdido la confianza en los partidos y se
vuelca con los líderes carismáticos".
Una de las cuestiones centrales que recorren su ensayo es
el conflicto que se deriva de la avalancha de inmigrantes
que llegan a Europa. Así que critica, en primer lugar,
la cuestión colonial. "Francia ha pasado por alto
muchos desmanes del FLN argelino con tal de no ser tachada
de colonialista. Pero lo que está haciendo justamente
es ejercer una suerte de segundo colonialismo, al seguir sin
tratar de iguales a los países que estuvieron alguna
vez bajo su dominio. No se puede mirar hacia otra parte, por
esa vieja mala conciencia, cuando en muchos países
africanos se cometen barbaridades". |
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