Obama,
frente a la sombra del racismo
25.04.08
El senador se estrella contra el votante blanco de clase media
y baja formación Barack
Obama manda todavía ampliamente en la cuenta de delegados
que se requieren para obtener la candidatura demócrata.
Finalmente, Hillary Clinton sólo obtuvo una ventaja
de 12 en Pensilvania, y el senador de Illinois, que es favorito
al menos en cuatro de las nueve primarias que restan, está
ya a menos de 300 de la suma total necesaria para la denominación.
Pese a los últimos reveses, todo parece marchar,
por tanto, al ritmo adecuado para que Obama sea el candidato
presidencial.
No
es éste, sin embargo, un momento de celebración
en la campaña de Obama. Más bien todo lo contrario,
es un momento de seria preocupación. No tanto por
las cifras, muy difíciles de revertir, sino por las
debilidades mostradas por el candidato, por las sombras
que se vislumbran como gigantescas amenazas para el futuro.
Es un momento, por decirlo suavemente, de malas sensaciones.
El
principal signo de alarma aparecido en las dos derrotas
consecutivas de Obama en Ohio y Pensilvania es el rechazo
por parte de un importante grupo de electores, demográficamente
identificado como trabajadores blancos y constituido por
clase obrera y clase media, que vive en zonas residenciales
alejadas de los grandes núcleos urbanos, de un poder
adquisitivo menor de 50.000 dólares al año,
de nivel educativo inferior al universitario y de valores
y costumbres conservadoras. Es un grupo, difícil
de comparar con los de otros países, que se puede
estereotipar como el empleado de una gran factoría,
que bebe unas cuantas cervezas tras su trabajo, que va a
la iglesia los domingos y sale a cazar patos los sábados.
Ese
grupo, integrado tanto por hombres como mujeres, ha votado
por Hillary Clinton en proporción de 3 a 1 en muchos
condados de Ohio y Pensilvania. Las mismas características
de votantes pueden encontrarse en muchos importantes Estados
del país: Michigan, New Jersey, Nueva York, Wisconsin,
Indiana, Misuri... Son en su mayoría Estados en los
que tradicionalmente suelen decidirse las elecciones presidenciales.
Y, por tanto, el argumento de Clinton de que el demócrata
que quiera llegar a la Casa Blanca tiene que ser capaz de
ganar allí, es muy digno de consideración.
La
campaña de Obama es, por supuesto, consciente de
ese problema y ha hecho, tanto en Ohio como en Pensilvania,
los esfuerzos necesarios para adaptar a su candidato a las
supuestas prioridades de esos votantes: han llenado su mensaje
de contenido económico, le han dado unas manos de
populismo a su retórica y han tratado de acercar
a Obama a su realidad con gestos como su publicitada partida
de bolos.
Pero
nada de esto parece funcionar. Obama se mostró como
un pésimo jugador de bolos y, por mucho que lo intente,
su planta apolínea casa mal con la de un barrigudo
con gorra de Caterpillar. Es más fácil imaginarse
a Bill Clinton en ese escenario, y con él, a su esposa.
La desconexión de Obama con ese electorado puede
tener, además, otra causa de índole más
grave, más profundo y que sólo ahora empiezan
a mencionar tímidamente los medios de comunicación
estadounidenses: el racismo.
Dicho
detrás de una derrota, puede parecer ventajista hablar
de racismo simplemente porque no te votan. Pero la verdad
es que el problema no ha sido denunciado por la campaña
de Obama, sino por algunos analistas y expertos.
En
Pensilvania, un 16% de los votantes declaró que la
raza había jugado un papel determinante en su decisión.
Una encuesta nacional elaborada por Associated Press este
mes detectó un 8% que confiesa que nunca votará
por un presidente negro. "No sé si eso es mucho
o poco. A mí me resulta impresionante que un 8% de
personas lo confiese y me hace pensar que la cifra real
es mucho mayor", afirma Roger Simon, del diario The
Politico. El famoso encuestador John Zogby ha reconocido
que "es muy difícil que los electores digan
cara a cara que no aceptan un candidato afroamericano".
"Algo
de esto puede haber", admite David Axelrod, jefe de
los asesores políticos de Obama, "pero quizá
es un problema más bien de los votantes mayores,
para quienes un tipo llamado Barack Obama, un afroamericano,
un tipo relativamente nuevo puede ser demasiado cambio".
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