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POLÍTICA |
Juan
Luis Calbarro |
Principios
o etiquetas
29.05.08
Esta es una de esas épocas en las que a uno
le pide el cuerpo renunciar a la nacionalidad y hacerse ciudadano
de algún país serio. A la trayectoria de un
gobierno estático –y tal vez extático–,
cuyo máximo orgullo en estos meses parece ser el bienhadado
parto de una de sus ministras, se contrapone el espectáculo
vergonzoso de un partido mayoritario en la oposición
que, obviando el hecho de que diez millones de españoles
pusieron en él su confianza, decide que ahora, cuando
hay por delante cuatro años de trabajo parlamentario,
es el momento de ventilar la cuestión de su liderazgo.
Por eso decía yo lo de los países serios: supongo
que alguno habrá en el que el Gobierno se dedique a
gobernar, y no a hacer oposición de la oposición;
y la oposición se dedique a controlar la acción
del gobierno y a hacer propuestas constructivas antes que
en pensar en su candidatura de dentro de cuatro años.
Se supone que los ciudadanos habrán de votar entonces
a la vista del trabajo hecho, pero nuestros partidos mayoritarios
parecen confiar en lo contrario: en que al electorado le interesan
más los nombres y las etiquetas previas que los contenidos.
¿Creen que la LOGSE ya ha surtido los efectos esperados?
Porque
de esto se trata: de etiquetas. Empeñados en mantener
a los ciudadanos en la inopia del etiquetado, los cerebros
del PSOE (si es lícito describir así a elementos
como Pepiño Blanco) se esfuerzan en mantener el lenguaje
más polvoriento de la vieja izquierda, aderezado con
alguna nota de la necesaria modernidad: asuntos sociales por
doquier, algún neologismo que empiece por eco y una
pizca de multiculturalismo y plurinacionalidad. Lo mismo da
que el desarrollo de la ley de dependencia esté siendo
desastroso porque nos quedamos en la legislación –el
etiquetado– sin acordarnos de financiarla como toca
y de coordinar los correspondientes departamentos autonómicos
–el contenido. Lo mismo da que la desigualdad efectiva
sea creciente en el sistema sanitario español, que,
como tan acertadamente ha descrito ayer mismo Francisco Sosa
Wagner, se encamina hacia diecisiete minisistemas sanitarios
diferentes, con diferentes prestaciones y diferentes grados
de cobertura: la etiqueta –el lenguaje– se ocupa
de ocultarlo. Lo mismo da, en fin, que numerosos españoles,
cada vez más, vean conculcado su derecho a usar su
lengua materna en la escuela o la administración: el
etiquetado ha dispuesto que hablar castellano es de derechas
y, por lo tanto, desechable, y en cambio las demás
lenguas cooficiales son progresistas y, además, tienen
derechos que están por encima de los individuales de
los hablantes. Contra la realidad, etiquetas, como demuestran
muy bien los rótulos de los nuevos ministerios zapateriles.
Mientras,
en el Partido Popular, a los complejos que arrastra la derecha
española desde 1975 se suman hoy el desánimo
y la impotencia que causa haber crecido en votos en las urnas
y, sin embargo, resultar derrotados por la alianza parlamentaria
del populismo-oportunismo de Zapatero con los enemigos del
Estado. En lugar de aferrarse a los principios, cosa que los
compromisos del poder nacional y autonómico le impiden,
el PP oficial se retuerce en un combate de pesos ligeros por
ver quién resulta más aparente cara a unas futuras
elecciones. Desengañémonos: ninguna de las manifestaciones
de líderes populares en estas últimas semanas
viene avalada por un soporte ideológico denso, por
una propuesta programática compleja o novedosa. No
hay contenidos. Que Mariano Rajoy diga que a veces “hay
que moverse” lo indica todo: no se trata, pues, de ser
fiel a los principios. Ni de no serlo, ojo: se trata de adoptar
la posición que nos permita caerle mejor al electorado
y, sobre todo, a los medios de prensa; y en esto está
muy equivocado, ya que los grandes grupos mediáticos
no se dejan conducir por las simpatías, sino por el
dinero. Que los contenidos sean o no los de siempre da igual,
porque lo que queremos transmitir es lenguaje literal, signos,
etiquetas: “el centro reformista”. A mí
me gustaría que me explicaran qué es, sustantivamente
hablando, esta tontería del centro. Aunque ya lo tengo
bastante claro: el centro es el punto imaginario donde se
sitúa uno a quien interesa que la gente siga opinando
en los términos caducos de derecha e izquierda y además
no pueda identificarlo a uno ni con la una ni con la otra.
El centro puede ser el lugar idóneo para el que no
tiene principios que ofrecer: el campo donde trabaja aquel
a quien no importa inclinarse hacia los unos o hacia los otros
sin adquirir compromisos previos con la ciudadanía.
El centro no es ni chicha ni limoná: no ofrezco nada
concreto para no pillarme los dedos cuando acepte cualquier
cosa. Sigo en el juego de las etiquetas, porque creo que así
es más fácil seguir muñendo a mis paisanos,
pero escojo la etiqueta comodín, la que –si la
gente se lo cree– me permitirá hacer el papel
de progresista de opereta tolerante con las majaderías
de los nacionalistas cuando me interese y el de paladín
nacional-católico cuando me convenga más. Esto
es el centro, y esto es lo que ofrece cierto PP: el que parece
que van a defender Mariano Rajoy, un brillante pero hoy decepcionante
Alberto Ruiz-Gallardón o Manuel Fraga, jaleados por
los periodistas que hablan de “derecha moderada”
para, sin darle la absolución por el pecado de ser
de derechas, reconocerle al menos buenas maneras.
Enfrente
nos encontramos un territorio igualmente heterogéneo
e indefinido en el que parece que se destaca Esperanza Aguirre,
o al menos los medios así nos lo presentan; un territorio
en el que, según las últimas declaraciones de
la presidenta madrileña, se considera que no son necesarios
los “cambios radicales”. De nuevo el juego de
las etiquetas: autotitularse “centro reformista”
no es nada radical, por cuanto no comporta contenidos ideológicos
ni programáticos concretos, pero tampoco es un cambio,
dado que el PP siempre se declaró de centro y reformista
–otra cosa es que esta imagen no haya calado, en buena
parte gracias a la actitud vociferante del trío Rajoy-Acebes-Zaplana
durante la pasada legislatura. ¿Dónde está
el cambio radical? ¿Es que nos toman por nuevos? Cuando
nos hablan de liberalismo, ¿se refieren al liberalismo
que comulga con los obispos? ¿Al que pacta o quiere
pactar con los nacionalismos hiperintervencionistas? ¿Al
que se niega a firmar condenas del franquismo en Europa o
a asumir una Educación para la Ciudadanía bien
entendida? En fin, no es necesario extenderse en ejemplos
para que nos demos cuenta de que en el PP todos se han embarcado
en la lucha por la poltrona: a nadie le interesan lo más
mínimo unas presuntas diferencias ideológicas
que, por mucho que algunos en el grupo PRISA se empeñen,
no afloran con claridad en ninguno de sus discursos. En el
laberinto del PP de hoy sólo se emplean argumentos
que tienen que ver con la estrategia y, por tanto, con el
acceso al poder en el seno del partido y con respecto a las
instituciones. Etiquetas.
No
esperemos más del Partido Popular de hoy. Una vez situados,
sus líderes se olvidarán de estas cuestiones
y se aplicarán a pactar con quien sea necesario pactar.
Entre otras cosas porque ya en la primera legislatura en que
gobernó demostró su condición de maquinaria
de poder: en aquellos años, Aznar se mantuvo en La
Moncloa merced al apoyo de CiU y del PNV, y fue entonces cuando
tuvimos que oír de los parapetados labios del vallisoletano
aquello del “Movimiento Vasco de Liberación Nacional”,
o comoquiera que se formule este engendro conceptual; una
expresión, por cierto, que hoy, en labios de Zapatero,
habría hecho babear espumarajos y vituperios susceptibles
de querella a algún locutor de radio.
Una
rectificación se hace necesaria, porque generalizar
siempre acaba en injusticia. En el Partido Popular, como en
el Partido Socialista, sí existen personas honestas
que contemplan con preocupación la deriva absurda a
que nos arrastran sus líderes y que parece envolver
definitivamente a un PP más preocupado por calcar los
éxitos de Zapatero que por plantear sus propias políticas.
Esas personas, que no sólo tienen ideología
sino que además tienen principios y lealtad institucional,
se han dado cuenta de que PP y PSOE son hoy maquinarias inertes,
válidas principalmente para ganar o mantener el poder
y no para el buen gobierno o la defensa leal de los intereses
de la ciudadanía. Algunos, ninguneados, se han ido
ya a sus casas o mantienen su discrepancia a salvo en blogs
críticos con sus aparatos partidarios. Otros han optado
por dejar carné, cargo y sueldo e integrarse en UPyD,
desde donde ahora defienden con actitud transversal sólo
aquellas estrategias que interesan al ciudadano que tiene
problemas reales (algo que en esta España sí
es radical). Y con el electorado sucede algo parecido: cada
vez más ciudadanos se dan cuenta de quién sostiene
un discurso veraz, desde posiciones de lealtad y no de oportunismo,
y quién les sigue proponiendo el juego de las etiquetas.
Por
eso es tan injusto encuadrar en ese juego mendaz y nocivo
para España la actitud de alguien como María
San Gil. Ella, que como todo el mundo tiene una ideología
que podremos o no compartir, sí comparte con muchos
de nosotros –pero al parecer no con quienes en su partido
hoy se disputan la entrada al banquete– la fidelidad
a los compromisos adquiridos y un aprecio mucho mayor por
los principios que por la oportunidad. Sabe que la oportunidad
sólo atañe al corto plazo y, como los estadistas,
a ella sólo le interesan las soluciones de largo aliento:
las políticas dotadas de una espina dorsal ética
que van más allá de los congresos partidarios.
Pactar con los nacionalistas garantiza el acceso inmediato
al poder a costa de los derechos que muchos ciudadanos ven
hoy menoscabados o suprimidos en Euskadi, y a costa posiblemente
del futuro de España: ella lo sabe bien y por ello,
creo yo, no desea participar en un congreso en el que no se
van a debatir políticas, principios ni soluciones,
sino más bien números, atajos inciertos, posibles
transacciones…
Políticos
como Rosa Díez o María San Gil –qué
curioso, esto de las mujeres vascas– son hoy más
necesarios que nunca. Indigna que a ambas las llamen hoy traidoras
desde el infame PSOE vasco y desde el PP centrorreformista,
respectivamente. Cuando tras la guerra francoprusiana y la
caída de Napoleón III se debatía en París
el retorno de la monarquía (puesto que aquel parlamento
francés de 1871 era mayoritariamente monárquico),
le fue ofrecida la corona al conde de Chambord. Éste
puso como condición que el Estado recuperara la bandera
blanca y flordelisada de la Francia de los Luises; pero abandonar
la enseña tricolor, que había ondeado gloriosamente
en representación de Francia durante ya casi cien años,
resultaba inasumible para aquella asamblea constituyente.
El conde de Chambord, que no podía reconocer la bandera
que había amparado a los verdugos de sus antepasados,
renunció a la corona y dio así paso a la III
República Francesa. Victor Hugo, que era diputado republicano
en aquella asamblea, le dedicó en L’année
terrible un hermoso poema titulado “A Enrique V”
en el que decía de él lo siguiente: “L'homme
est viril et fort qui se décide/ A changer sa fin triste
en un fier suicide;/ Qui sait tout abdiquer, hormis son vieil
honneur;/ [… et qui]/ Ne vend pas son drapeau même
au prix d'un royaume”. Que un republicano reconociese
entonces la abnegación y la honestidad de un rey pudo
resultar extraordinario, aunque tal vez no tanto como desgraciadamente
puede serlo hoy que un correligionario haga lo mismo con quien,
tratando de libertades y derechos fundamentales, en un contexto
de violencia y chantaje permanentes hacia la ciudadanía,
se niega a vender lo mejor que tiene: no ya una bandera a
cambio de un reino, sino sencillamente sus principios a cambio
de un puesto en una lista y de una seguridad física
que no requiera de escolta. Necesitamos más políticos
como estos últimos; pero también, por cierto,
¡qué falta nos hacen algunos Hugos!, personas
que desde el liderazgo de la sociedad civil y por encima de
todas las banderas se atrevan a reconocer, colocar en el lugar
que merece y exigir a los representantes de los ciudadanos
eso que está tan desprestigiado en nuestra España:
la fidelidad a los propios principios, el compromiso responsable,
la abnegación. |
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