IMMIGRACIÓ |
Manuel
Chaves González |
Europa
ante la inmigración
23.06.08
La inmigración legal nos aporta beneficios;
la ilegal debe frenarse, y la directiva de la UE ofrece más
garantías. La integración de los inmigrantes
no pide más burocracia, sino la mejora de los servicios
públicos
Hace
ya siete años, en estas mismas páginas (España
y la inmigración, EL PAÍS, 28 de septiembre
de 2001), en vísperas de la presidencia española
de la Unión Europea, advertía sobre la oportunidad
que entonces se le presentaba a nuestro país para
colocar en primerísimo primer plano de la agenda
europea el gran reto de la inmigración. Pero si en
estos momentos la inmigración se presenta como una
cuestión vital y urgente para la UE es porque no
hemos sabido ofrecer una respuesta sólida a nivel
europeo y ello ha acarreado que muchos millones de ciudadanos
de toda Europa contemplen ahora el fenómeno migratorio
no como lo que debe ser, una oportunidad social y económica,
sino como un problema.
En
los últimos seis años, el 38% del crecimiento
del PIB de España se puede asignar a la inmigración.
Los
inmigrantes aportan el 7,4% de las cotizaciones a la Seguridad
Social y sólo reciben el 0,5% del gasto.
En
estos días se debate sobre la ya famosa directiva
de retorno y Francia, que presidirá la Unión
el próximo semestre, ha anunciado como uno de sus
grandes objetivos la consecución de un Pacto Europeo
sobre Inmigración que pueda significar un paso adelante
en la configuración de una política común
en la materia. Ciertamente, se trata de un objetivo hacia
el que caminamos con retraso: en octubre se cumplirán
nueve años desde que el Consejo Europeo de Tempere
se propuso sentar las bases de una política europea
de inmigración, fijó como objetivo prioritario
construir esa política y señaló como
fecha tope el 1 de mayo de 2004. Previsión, pues,
incumplida.
Las
migraciones se han convertido en un signo distintivo de
este tiempo. Es cierto que no es un fenómeno nuevo:
migraciones siempre han existido, a lo largo de la historia.
Conviene en este punto no perder la perspectiva: desde el
principio de los tiempos el ser humano ha buscado el lugar
más propicio para desarrollar una vida más
digna. Guste o no, podríamos decir que ese fenómeno
forma parte del ADN de nuestra conducta como seres vivos.
Y frente a una opinión que parece muy extendida,
hay que señalar que, en términos globales,
no ha existido un considerable aumento de los flujos migratorios
en los últimos tiempos. Según datos de Naciones
Unidas, la variación del volumen mundial de emigrantes
entre 1960 y 2005 ha sido sólo de una décima,
del 2,4 al 2,5 %; una décima en 45 años.
Así
que la novedad más significativa que se puede apreciar
es la nueva pauta de esa migración, que hoy se dirige
de forma abrumadoramente mayoritaria hacia los países
desarrollados. En las últimas décadas, Europa
se ha convertido en receptora de inmigración desordenada,
y en muchos casos clandestina y ése es el gran cambio
que se ha producido. ¿Qué mejor ejemplo que
el propio de España?
Lo
cierto es que, junto a fenómenos como el cambio climático,
la globalización de las finanzas, la seguridad internacional
o el aumento de los intercambios comerciales, los movimientos
migratorios se han convertido en una de las grandes cuestiones
de este inicio del siglo XXI. El desafío es grande
y debe ser afrontado con decisión y con todos los
recursos disponibles. Europa unida debe trabajar sin descanso
por disfrutar de los beneficios que, sin duda, aporta una
inmigración legal y ordenada y, a la vez, debe poner
el mismo empeño en frenar la inmigración ilegal
y desordenada, que tiene consecuencias sociales, económicas,
políticas y humanas indeseadas.
Mi
convicción es que las migraciones constituyen un
factor de un alcance inequívocamente positivo en
términos de creación de riqueza y de convivencia
en espacios públicos cada vez más diversos.
Pero no por ello su gobernabilidad deja de resultar imprescindible
para evitar la aparición de tensiones o conflictos
sociales aparejados a procesos de cambio tan intensos.
Lo
importante es que la UE ha asumido que las llegadas clandestinas
de miles de personas procedentes fundamentalmente del continente
africano no constituyen un problema que afecte tan sólo
a los países que, como España, los reciben
directamente por ser frontera sur del continente, sino que
representan un desafío común que habrá
de ser abordado conjuntamente.
No
obstante, el impulso para la articulación de una
política común por parte de la UE ha sido
hasta ahora insuficiente y ha ido muchas veces del ronzal
de los acontecimientos, en ocasiones indeseados. Por eso
debemos apoyar la propuesta de un Pacto Europeo sobre Inmigración,
que incluya aspectos tales como el control de fronteras,
la regulación del acceso y la permanencia de ciudadanos
extranjeros en suelo comunitario, la articulación
de políticas migratorias conjuntas en materias como
la lucha contra el empleo irregular o los desarrollos en
ámbitos como la integración y el retorno.
En
esa dirección, la directiva de retorno recientemente
discutida en el Parlamento Europeo supone un paso importante
en el camino hacia la armonización de las legislaciones
nacionales y, en contra de algunas interpretaciones, ofrece
más garantías, mirando a la Unión en
su conjunto, a los ciudadanos extranjeros. Y, desde luego,
algo que debemos tener presente es que cualquier política
de retorno debe contemplar todas las garantías jurídicas
y el respeto escrupuloso de los derechos humanos de todos
los afectados por estas decisiones. Por cierto, conviene
recordar también que, para que haya retornos, debe
haber países de origen dispuestos a recibir a los
retornados, y para ello son imprescindibles acuerdos con
esos países, tal y como viene haciendo España
en los últimos años.
Lo
más razonable es ligar la entrada de inmigrantes
al contrato de trabajo, ordenándola en función
de las expectativas de nuestro mercado de trabajo. Para
ello hay que potenciar la contratación en origen,
una práctica en la que en Andalucía vamos
teniendo una positiva experiencia.
Integración
significa también igualdad de los inmigrantes en
el acceso a los servicios públicos. Creo que no debemos
olvidar que, en los últimos seis años, nada
menos que el 38% del crecimiento del PIB de España
se puede asignar a la inmigración. Y, como se recogía
en EL PAÍS hace sólo unos días, los
inmigrantes aportan el 7,4% de las cotizaciones a la Seguridad
Social y reciben sólo el 0,5% del gasto en pensiones.
Contribuyen, pues, al Estado de bienestar y deben beneficiarse
de sus prestaciones en pie de igualdad.
Al
igual que no existen derechos especiales de los inmigrantes,
no deben existir obligaciones especiales ni gravámenes
exclusivos para ellos. La referencia para cualquier persona
que viva en España o, en general, en Europa es el
cumplimiento de la ley. Éste es el requisito único
e imprescindible. Por eso, frente a quimeras como el "contrato
de integración" propuesto por el PP (¿alguien
se imagina a los funcionarios del Estado buscando a varios
millones de inmigrantes para hacerles firmar un papel?),
estoy convencido de que uno de los elementos fundamentales
de una buena política de integración es el
reforzamiento de los servicios públicos en las zonas
de mayor presencia inmigrante. Y ello porque países
como los nuestros deben ser capaces de hacer crecer sus
servicios públicos para dar cobertura a sus propios
nacionales y a quienes residen en él. Sin competencia,
sin discriminación, sin exclusión.
A
veces, la inmigración nos muestra nuestras debilidades
en materia social en determinadas zonas de nuestros territorios.
La respuesta que permite la convivencia y el progreso no
es excluir a los inmigrantes de los servicios, ni ponerlos
en el punto de mira como un factor de deterioro de los mismos,
sino incrementarlos y ponerlos al nivel de la sociedad que
tenemos.
Por
otra parte, existe una coincidencia generalizada en cifrar
la desigualdad entre áreas del planeta como la causa
fundamental de las migraciones. Mientras el mundo avanzado,
a pesar de las dificultades económicas que estamos
atravesando en estos momentos, crece y se desarrolla, otras
áreas se mantienen por debajo de los estándares
mínimos de calidad de vida. A la vista de esta situación,
es ya un imperativo ético, y una necesidad social
de primera magnitud, que la UE ponga en marcha iniciativas
comunes que superen perspectivas coyunturales y contribuyan
a sentar las bases del desarrollo de África, en el
que los países europeos, como antiguas potencias
coloniales, tenemos mucha responsabilidad y debiéramos
tener mucho interés, por nuestro propio bien.
Apostar
por el desarrollo económico de los países
africanos contribuirá a secar las raíces de
la pobreza y de la inmigración ilegal y desesperada.
Y, nunca perdamos esto de vista, del fundamentalismo, la
violencia y las guerras.
Manuel Chaves González, presidente
de la Junta de Andalucía
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