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"HIJOS
DEL DESIERTO" |
AL/LV |
Hijos
del desierto y la discordia
17.04.08
La Voz ha viajado hasta el sur de Argelia para conocer la
situación de los campamentos saharauis. Un pueblo que
se ve arrastrado a la guerra con Marruecos, tras habitar durante
treinta años en tierra prestada
La noche era cerrada cuando aterrizamos en el aeropuerto
de Tindouf, en Argelia. Tras siete horas de vuelo, las imágenes
aparecían más deformadas de lo común.
Un jeep de Protocolo nos esperaba a la salida de la terminal,
mientras un centenar de voluntarios tinerfeños montaban
a bocajarro en la caja de un camión de carga, entre
sus propios equipajes y decenas de paquetes con comida y medicamentos.
El largo viaje y la rabia de haber tenido que dejar atrás
una tonelada de ayuda humanitaria intensificaban el cansancio
en los rostros de los jóvenes, que a pesar de todo
iniciaban su viaje con ilusión hacia los campamentos
de Smara y El Aiún. Su misión, realizar tareas
de cooperación en colegios y hospitales, nos dio la
oportunidad de viajar con ellos y adentrarnos en la realidad
de estos campamentos situados a unas millas de la ciudad argelina
de Tindouf que, paradógicamente, es una ciudad vetada
para los refugiados.
Nuestro
jeep tomó una dirección diferente a la de los
voluntarios: el campamento de Auserd. Allí pasaríamos
los siguientes diez días acogidos por una familia saharaui.
A través del desierto (apenas circulamos veinte kilómetros
por carretera), el cielo comenzaba a clarear. Tras una hora
de viaje, el sol aparecía poco a poco en el horizonte,
al mismo tiempo que una nube marrón se iba perfilando
en forma de casetas y tiendas de lona según nos acercábamos.
Habíamos llegado a nuestro destino. Un destino que
se antojaba fantasmal a esas horas de la mañana. Tras
medio centenar de kilómetros recorridos entre dunas
de arena, aparecía en medio de la nada una especie
de ciudad anclada en el pasado, en la que algunas mujeres,
cubiertas con la tradicional “melfa”, surgían
entre los ladrillos de adobe. Era necesario frotarse los ojos
para cerciorarse de que aquella visión no era fruto
de las horas de viaje, ni de la noche en vela. De que aquel
lugar era real, y en él vivían y crecían
cientos de personas.
“¡Treinta años!¡¿Cómo
pueden llevar aquí treinta años?!”. Ésta
fue una de las primeras frases que escuché al llegar
a Auserd, de boca de Norma, una compañera de viaje
que en aquel momento todavía no conocía. Hay
lugares que por mucho que se conozcan a través de los
diarios, los libros o la televisión, impresionan en
el momento en que se descubren. Y éste, sin duda, era
uno de ellos.
Efectivamente, el pueblo saharaui lleva más de treinta
años viviendo en medio del desierto. Muchas familias
continúan habitando las tradicionales jaimas de lona,
aunque poco a poco, se han ido contruyendo casas de barro,
que en ocasiones, como el pasado mes de marzo, las lluvias
se encargan de derrumbar. Después de tres décadas
sobreviviendo en medio del desierto, la p0blación saharaui
sigue teniendo muy claro que se trata de una situación
"provisional". "Si empieza a haber algunos
edificios de cemento, es por el miedo a las lluvias, no porque
se extienda entre la población la idea de quedarnos
aquí", afirmaba de forma contundente Nemaa Said
Yumani, del Ministerio de Cooperación Saharaui.
Retazos
de la historia
Desde el 6 de
septiembre de 1991, el pueblo saharaui espera un Referéndum
que nunca parece llegar. La semana pasada, el Consejo de
Seguridad de la ONU acordó por unanimidad prorrogar
seis meses más el mandato de la MINURSO (Misión
de Naciones Unidas para la realización de un Referendum
en el Sahara Occidental), organismo que se instituyó
tras el alto al fuego firmado por el Frente Polisario bajo
la presión de la ONU. Se ponía fin así
a quince años de guerra contra Marruecos, país
vecino que ocupó su territorio, el Sahara Occidental,
en noviembre de 1975, tras la Marcha Verde. “Cientos
de saharauis tuvieron que huir entonces, la mayoría
a pie, hacia Argelia”, explicaba Khattri, un excombatiente
saharaui, que luchó en la guerra contra Marruecos.
Apenas unas horas después de haber pisado Auserd,
Khattri nos narraba sus particulares batallas, mezclándolas
con historias de sentimientos vividos. De forma tranquila,
pausada, y al mismo tiempo enérgica, no ocultaba
sus ganas de retomar la historia y conseguir lo que hacía
tres décadas dejaron en el camino. “Las mujeres
huían con los niños y los ancianos, mientras
los marroquíes bombardeaban con fósforo y
napalm”. Khattri gesticulaba, recurría a la
historia reviviéndola, sin ocultar el muñón
del pie derecho que una bomba le había arrancado.
Ahora vive tranquilo en Auserd con su mujer y sus dos hijas,
pero afirma convencido que si no se reconoce su derecho
de autodeterminación, “pronto habrá
que volver a la guerra”.
La situación del Sahara Occidental es delicada. Los
propios saharauis se sienten olvidados por parte de la comunidad
internacional, aunque paradójicamente, viven a base
de las ayudas que les proporcionan otros países.
En estos momentos, la situación es crítica.
El presidente de la Media Luna Roja Saharaui asegura que
la reserva de seguridad que mantienen cada tres meses está
en las últimas. “Hemos hecho un llamamiento
a la comunidad internacional porque el stock de seguridad
de alimentos se encuentra agotado”, explicaba Buhobeini
Yahia. Se trata de una situación de emergencia dentro
de otra que dura ya treinta años (lo que me hace
recordar la exclamación de Norma: ¡Treinta
años!). “La causa de esta difícil situación
es la falta de cumplimiento de los compromisos de las agencias
de Naciones Unidas”, añade Yahia. “ACNUR
(Alto Comisionado de las Naciones Unidas para el Refugiado)
o el PMA (Programa Mundial de Alimentos) están al
tanto con detalle de esta situación, pero parece
que no hay ningún esfuerzo por su parte”.
Las ayudas humanitarias son lo que mantienen en pie a una
población que supera las 200.000 personas, repartidas
en cuatro campamentos, en territorio argelino: Smara, El
Aiún, Aused y Dakla. El resto, un pequeño
comercio que apenas da de comer a las pocas familias que
pueden permitirse el lujo de contar con un todo terreno
(la mayor parte de las veces hecho trizas) para moverse
por el desierto, y el cuidado de un puñado de cabras
o camellos que sirven para llenar el estómago de
algo más que té.
Centro
neurálgico
Rabuni
es el centro administrativo y político del pueblo
saharaui. Sus dos torres, que parecen estar siempre a punto
de derrumbarse, indican su llegada desde lo lejos. Es frecuente
encontrar a ambos lados de la carretera asfaltada, a hombres
de todas las edades esperando que cualquier vehículo
les lleve hasta su lugar de destino. En Rabuni se encuentra
la Presidencia de la República Árabe Democrática
Saharaui, los Ministerios, Protocolo (donde se alojan la
gran mayoría de los voluntarios que trabajan, a través
de ONGs, para “la causa”), los medios de comunicación
saharauis (periódico, televisión y radio),
el Hospital General, y el Museo de Defensa. Un curioso recorrido
que hila diferentes realidades, puntos de vista, e incluso
estados de ánimo.
Al entrar al Museo de Defensa se abre un gran patio, donde
mil puntos deslumbran al ojo humano, fruto fuerte sol incidiendo
sobre el acero de las armas. Ametralladoras, minas antipersona,
tanques, anfibios, y hasta los restos de un avión
estrellado, con el escudo de Marruecos “reinando”
sobre los escombros, forman un espectáculo que roza
lo grotesco y lo glorioso, que traslada a otro punto de
la historia, sin saber perfilar muy bien el umbral entre
el pasado y el futuro.
Estas armas fueron requisadas por los saharauis al ejército
marroquí durante la guerra que libraron ambos países
en la zona ahora ocupada. Sin embargo, un escalofrío
recorre el cuerpo de quien se para a pensar que este arsenal
es una pequeña muestra de lo que el Frente Polisario
almacena de cara a una nueva guerra, que arrancará
cuando si el referéndum desaparece definitivamente
del horizonte.
“Si no se reconoce el derecho a la autodeterminación
del pueblo saharaui, tendremos que luchar para conseguir
lo que un día nos quitaron”, asegura Omar,
ex combatiente, mientras explica la procedencia de cada
una de las armas. La mayoría son de origen francés
o ruso. Francia aparece en gran parte de las conversaciones
de los saharauis. Creen que el país galo, con sus
relaciones con Marruecos, ha perjudicado al Sahara, e incluso
se habla de un intento por recortar la ayuda humanitaria.
El actual gobierno español tampoco es mirado con
buenos ojos. Su política internacional, que desde
el comienzo de la legislatura ha trazado buenos lazos con
Mohamed VI, resulta incomprensible para los que siguen pidiendo
una responsabilidad a España, después de dejar
el Sahara en manos de Marruecos y Mauritania, tras la muerte
de Franco.
La ex colonia española tiene muy presente la “traición”
de España. Pero el rencor se convierte en esperanza
un cuarto de siglo después, al confiar en que se
lleve a cabo el ansiado referéndum. Los saharauis
son cabales, honrados y coherentes. Quizá por eso
les cueste entender que la comunidad internacional les haya
olvidado. Quizá por eso se aferran a la lógica
y esperan que alguien se dé cuenta de cual es su
cruda y dura realidad. Y reaccione.
Alerta
humanitaria
"El
Sahara vive una situación de emergencia que dura
ya treinta años”. Más de doscientos
mil refugiados dependen exclusivamente de la ayuda humanitaria
para sobrevivir día a día. Buhobeini Yahia,
presidente de la Media Luna Roja Saharaui, es consciente
del delicado momento en el que se encuentra actualmente
el pueblo saharaui.
Normalmente, los almacenes de esta organización,
franqueados por contenedores de mil colores que han sido
apilados a lo largo de los años, recogen una reserva
de alimentos suficiente para mantener a la población
durante un periodo de tres meses. Ahora, este stock está
agotado. “No hay harina en los almacenes de la Media
Luna Roja Saharaui, y de otros productos de primera necesidad,
apenas queda una pequeña cantidad”, explica
Yahia con gesto intranquilo. “Quedan 35 toneladas
de azúcar, mientras para una sola distribución
necesitamos 178 toneladas; en cuanto al aceite, nos faltan
más de cien toneladas sólo para este mes”.
Se trata de una situación de alarma, de la que la
Luna Roja Saharaui responsabiliza a las Agencias de las
Naciones Unidas, como ACNUR (Alto Comisionado de las Naciones
Unidas para el Refugiado) o el PMA (Programa Mundial de
Alimentos). “No cumplen sus compromisos, y conocen
la situación a la que nos enfrentamos”, añade
Yahia. Cada mes, una célula de organización
formada por estas Agencias, además de otras como
la Agencia Española de Cooperación, UNICEF
o ECHO (Comisión Europa de Ayuda Humanitaria), se
reúne en Argel para estudiar la situación
de los recursos. “Hace tres meses se llegó
a un acuerdo en estas reuniones para que las Agencias de
Naciones Unidas hicieran un llamamiento internacional, debido
a la falta de recursos”, explica Yahia. Entre la población
saharaui, se habla de presiones políticas por parte
de Marruecos y sus aliados, para “hacer hambre”
en los refugiados, y así conseguir una respuesta
interesada.
En una población en la que el 66 por ciento de las
mujeres y el 68 por ciento de los niños menores de
seis años padecen anemia, un recorte de las ayudas
podría desembocar en una catástrofe humanitaria.
El Gobierno Canario financia un proyecto de abastecimiento
de gas a 31.000 familias en los campamentos de refugiados.
“Se trata de un proyecto muy importante para satisfacer
una necesidad básica, porque sin gas no podemos vivir,
lo necesitamos para cocinar”, explica el presidente
de la Media Luna Roja Saharaui. “De todas las comunidades
españolas hay proyectos de todo tipo: placas solares,
ropa, gas, comida, escuelas…”. La otra cara
de la moneda muestra a miles de mujeres y niños que
cada semana acuden hasta el centro de reparto de ayudas
de cada wilaya (barrio). Allí recogen lo que les
corresponde, y al compás de la caída del sol,
portan a la espalda los sacos que les permitirán
sobrevivir unos días más, sin ser conscientes
de que a miles de kilómetros, señores importantes
y encorbatados deciden su suerte.
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